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Normalización del Malestar


Fingir estar bien cuando en realidad, emocionalmente, todo se derrumba por dentro es algo cotidiano para gran parte de la población. Ocultar los síntomas de malestar mental es un esfuerzo constante para mantener una fachada de normalidad frente al trabajo, los amigos, la familia o los estudios. Sin embargo, a pesar de ser algo común, ello no disminuye las graves consecuencias que trae consigo.

La ansiedad y la depresión pueden estar afectando a personas de nuestro círculo cercano, sin que nosotros nos percatemos, ya que sus síntomas no siempre se manifiestan como imaginamos. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las tasas globales de ansiedad y depresión han aumentado en más de un 25% a raíz de las recientes crisis sociosanitarias y económicas.

Teniendo esto claro, debemos preguntarnos: ¿cuáles son las causas de estas enfermedades en cada etapa de la vida? Por el lado de los jóvenes, se deben a la alta presión que reciben por la hiperconexión digital, las altas expectativas sobre su futuro laboral y el sentimiento de aislamiento en un entorno hipervinculado pero distante emocionalmente. En el caso de los adultos, se deben al peso que cargan respecto al rendimiento laboral, la inestabilidad económica y la crianza o cuidado familiar, además de pasar por una “funcionalidad forzada”, ya que se les inculca que estar mal no es una opción. En el caso de los adultos mayores, usualmente tienen que ver con la pérdida de autonomía o los problemas físicos.

Debido a que la cultura actual apunta al logro y al rendimiento en exceso, se percibe que mostrar un quiebre emocional es un fallo o signo de fragilidad. Esto genera temor a ser juzgado en la vida laboral o a convertirse en una carga emocional para la familia. Es por eso que preferimos desgastarnos emocionalmente, hasta la última energía, antes que mostrarnos vulnerables.

Tratar la salud mental no solo consiste en cuidar de ti, sino en cuidar a tu círculo, familia y equipo de trabajo, ya que si una parte de la comunidad está exhausta y aislada en su propio dolor, esta no podrá mantenerse de forma saludable. Aceptar el malestar no es una debilidad, realmente es el primer paso para sanar.

Cuando alguien se atreve a decir “no puedo más”, logra quitarse un peso de encima y le da permiso a quienes lo rodean para hacer lo mismo. Crear una sociedad donde no se castigue la vulnerabilidad y se acoja con empatía a quienes pasan por momentos difíciles es tarea de todos y el primer paso para formar una comunidad verdaderamente humana.



Autoexigencia y sus consecuencia

Actualmente vivimos en una sociedad donde la productividad y la perfección son sinónimos de éxito, lo cual nos lleva a exigirnos en exceso. Buscamos hobbies, mantenemos una amplia vida social, cuidamos a nuestra familia, viajamos y, además, buscamos aprender cosas nuevas mientras trabajamos. Todo esto se vuelve un problema cuando olvidamos lo más importante: nosotros mismos y nuestra paz.

Debido a que nos inculcan desde pequeños a ser extremadamente productivos, crecemos con la presión de cumplir con ello, lo que genera un sentimiento de constante insatisfacción, ya que «siempre se puede más». Estas exigencias llegan a afectar la autoestima y, a la larga, nos acercan lentamente a los principales síntomas de la ansiedad.

La autoexigencia trae consecuencias en diversos ámbitos de la vida: desde lo social, como el aislamiento y la competitividad con los pares, hasta en nuestro cuerpo, provocando tensión muscular y problemas gastrointestinales. Esto también afecta en lo emocional, generando un constante bajo estado de ánimo al no sentir conformidad con los logros obtenidos.

Cuando uno se encuentra en ese estado, buscar apoyo emocional es esencial. Al hacerlo, se realiza un acto de valentía, ya que se enfrenta la vulnerabilidad y el miedo; además, sirve para gestionar nuestros pensamientos antes de continuar haciéndonos daño a nosotros mismos y a nuestra familia.

Al buscar ayuda con un profesional, detenemos el desgaste mental y ponemos nuestra salud por encima del “qué dirán”. Sobre todo, rompemos los patrones establecidos, ya que les enseñamos a nuestros familiares que buscar ayuda y priorizar la salud ante las metas es algo necesario, mejorando así las futuras conductas de quienes nos rodean.

Cuestionar las exigencias que la sociedad y nosotros mismos nos imponemos es el primer paso para sanar. Cuidar de nuestra salud mental y pedir ayuda a tiempo no solo transforma nuestro bienestar individual, sino que redefine lo que transmitimos a los demás. Recordar que nuestro valor como personas no depende de nuestro nivel de producción es, en última instancia, el mayor logro que podemos alcanzar.

EL PRIVILEGIO DE LA SALUD MENTAL.


La salud mental en nuestro país es considerada por muchos un privilegio, debido principalmente a dos motivos. Por el lado público, tenemos listas de espera que superan los 200 días debido al déficit de especialistas en el sector estatal. Por el lado privado, somos golpeados por elevadas tarifas, en las que solo una sesión psicológica tiene un costo aproximado de 30.000 pesos chilenos y una consulta psiquiátrica supera los 60.000 pesos. No hay bolsillo ni mente que aguante.

Los más afectados son las familias de menores recursos, ya que estas, al no poder costear una atención privada, terminan acudiendo al sistema público, el cual no cuenta con una atención oportuna debido a la saturación de los consultorios y hospitales.

Pero el problema es aún más profundo. Para el año 2026, si bien el presupuesto destinado a salud mental ascendió a 186 mil millones de pesos (el doble que en el año 2022), eso no quita que equivalga a solo el 1,08 % del presupuesto destinado al Ministerio de Salud. El bajo porcentaje destinado a la salud mental posiciona a Chile por debajo del promedio global. Mientras países como Nueva Zelanda y el Reino Unido destinan un 10 % del presupuesto de salud a la salud mental, Chile no llega ni al 2 %.

El desamparo que recibe la sociedad en esta área impacta profundamente en las comunidades y familias. Cuando un individuo no recibe la atención psicológica requerida, esto afecta inicialmente al hogar, disminuyendo la comunicación entre pares e incrementando los conflictos familiares. Y cuando los síntomas progresan, impactan directamente en las relaciones sociales, debilitando el tejido social y aumentando el desinterés colectivo.

A pesar de parecer un problema irremediable, nosotros podemos aportar nuestro granito de arena creando iniciativas de cuidado mental sin fines de lucro. Gracias a estas instancias, rompemos las barreras económicas y sociales que impiden que las personas reciban la ayuda necesaria. Por esta razón existe la Fundación Cambia Tu Mente, ya que no buscamos beneficios económicos, sino priorizar el bienestar comunitario y humano, porque juntos podemos crear un mundo mejor.

Cuidar de nuestra mente no debería depender de nuestros ingresos ni nos debería dejar meses esperando por una atención digna. Es una necesidad humana, fundamental, pero, sobre todo, un derecho que necesita una respuesta urgente. No nos podemos quedar de brazos cruzados observando el lento progreso de las políticas públicas respecto a nuestro bienestar, ya que el costo de esto lo están pagando miles de familias en su día a día.

EL PRIVILEGIO DE LA SALUD MENTAL

La salud mental en nuestro país es considerada por muchos un privilegio, debido principalmente a dos motivos. Por el lado público, tenemos listas de espera que superan los 200 días debido al déficit de especialistas en el sector estatal. Por el lado privado, somos golpeados por elevadas tarifas, en las que solo una sesión psicológica tiene un costo aproximado de 30.000 pesos chilenos y una consulta psiquiátrica supera los 60.000 pesos. No hay bolsillo ni mente que aguante.

Los más afectados son las familias de menores recursos, ya que estas, al no poder costear una atención privada, terminan acudiendo al sistema público, el cual no cuenta con una atención oportuna debido a la saturación de los consultorios y hospitales.

Pero el problema es aún más profundo. Para el año 2026, si bien el presupuesto destinado a salud mental ascendió a 186 mil millones de pesos (el doble que en el año 2022), eso no quita que equivalga a solo el 1,08 % del presupuesto destinado al Ministerio de Salud. El bajo porcentaje destinado a la salud mental posiciona a Chile por debajo del promedio global. Mientras países como Nueva Zelanda y el Reino Unido destinan un 10 % del presupuesto de salud a la salud mental, Chile no llega ni al 2 %.

El desamparo que recibe la sociedad en esta área impacta profundamente en las comunidades y familias. Cuando un individuo no recibe la atención psicológica requerida, esto afecta inicialmente al hogar, disminuyendo la comunicación entre pares e incrementando los conflictos familiares. Y cuando los síntomas progresan, impactan directamente en las relaciones sociales, debilitando el tejido social y aumentando el desinterés colectivo.

A pesar de parecer un problema irremediable, nosotros podemos aportar nuestro granito de arena creando iniciativas de cuidado mental sin fines de lucro. Gracias a estas instancias, rompemos las barreras económicas y sociales que impiden que las personas reciban la ayuda necesaria. Por esta razón existe la Fundación Cambia Tu Mente, ya que no buscamos beneficios económicos, sino priorizar el bienestar comunitario y humano, porque juntos podemos crear un mundo mejor.

Cuidar de nuestra mente no debería depender de nuestros ingresos ni nos debería dejar meses esperando por una atención digna. Es una necesidad humana, fundamental, pero, sobre todo, un derecho que necesita una respuesta urgente. No nos podemos quedar de brazos cruzados observando el lento progreso de las políticas públicas respecto a nuestro bienestar, ya que el costo de esto lo están pagando miles de familias en su día a día.